Introducción
(Un) enjuiciamiento sistemático del mérito de un objeto o de un fenómeno determinado. Prácticamente, la evaluación dejó de ser sólo una forma de medir resultados con relación a unos objetivos previamente establecidos y se convirtió, además, en:
• Un diagnóstico previo de las necesidades, o preprogramación.
• Una valoración de la programación propiamente dicha, centrada en los objetivos.
• Una evaluación del proceso y los resultados (Cerda, 2001)
De acuerdo con la definición de Evaluación de la OCDE (1995), la evaluación es una función que consiste en hacer una apreciación, tan sistemática y objetiva como sea posible, sobre un proyecto en curso o acabado, un programa o un conjunto de líneas de acción, su concepción, su realización y sus resultados. Se trata de determinar la pertinencia de los objetivos y su grado de realización, la eficiencia en cuanto al desarrollo, la eficacia, el impacto y la viabilidad. Una evaluación debe proporcionar intervenciones creíbles y útiles, que permitan integrar las enseñanzas sacadas en los mecanismos de elaboración de las decisiones, tanto de los países de acogida como de los donantes.
Por otro lado, la sustentabilidad ambiental se entiende como una condición de coexistencia armónica de la sociedad y su ambiente, donde la población actual puede satisfacer sus necesidades y mejorar su bienestar usando los recursos naturales disponibles, pero sin comprometer la calidad de vida de las generaciones venideras ni de las especies que habitan el planeta. La sustentabilidad ambiental es uno de los tres ejes fundamentales del concepto de desarrollo sustentable, tal como se definió en el Informe Brundtland (1987) que fue elaborado para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo. Aquí, desarrollo sustentable significa satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras. En este sentido, el desarrollo sustentable no sólo contempla el progreso económico y material, sino que se plantea en armonía con el bienestar social y el aprovechamiento responsable de los recursos naturales. (Instituto Nacional de Electricidad y Energías Limpias, 2017)
Aun si Canadá, Estados Unidos y México definen los residuos orgánicos de distinta forma, y a pesar de que en los tres países se observa una ausencia o insuficiencia de información relativa, no existe suficiente uniformidad en los datos nacionales para formarse una opinión sobre la información disponible relacionada con la generación, el desvío para aprovechamiento y la eliminación o disposición final de residuos orgánicos en América del Norte.
En conjunto, los tres países generan cerca de 265 millones de toneladas anuales de residuos orgánicos; de ese total, en los sectores residencial y comercial se desvían y aprovechan aproximadamente 75 millones de toneladas mediante actividades como compostaje y digestión anaeróbica (en referencia a compostaje a escala industrial en recipientes cerrados), en tanto que 190 millones de toneladas se envían a disposición final (CCA, 2017c). Canadá y Estados Unidos registran ambos —en forma individual— tasas de desvío y aprovechamiento de 32 por ciento, en comparación con la tasa de 7 por ciento de México (CCA, 2017c).


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